Escrutinio Digital

Aprender con la Historia

JIMANI, LA AGONIA DE UN PUEBLO SIN DOLIENTES.

Jimaní y la agonía de un pueblo sin dolientes.

Por José C. Novas.

A través de la historia los pueblos han tenido tres opciones: evolucionan, permanecen estáticos o retroceden, esa ha sido la constante desde que el género humano apareció sobre la tierra; lo ideal sería que la vida se desenvolviera acorde con las conquistas del hombre, pero ese no es siempre el caso. Hoy haremos una observación al pueblo de Jimaní y su doloroso destino.

No se sabe con seguridad cuando se establecieron los primeros residentes en lo que es hoy Jimaní, pero el arte rupestre “Las Caritas” son evidencias de que al llegar los europeos a la isla los nativos habitaban esa zona, desde entonces coexisten allí varios linajes que sobrevivieron los tiempos coloniales. Los pobladores que reemplazaron a los nativos se acogieron a la cria de animales, la agricultura y la vida simple en bohíos de tabiques cobijados con hojas de palma cana, la mampostería llegó a la zona hasta después de iniciada la dictadura de Trujillo en 1930, los únicos vestigios de cemento en el Jimaní original se verifican en los viejos cementerios de Cachón Lucia y Boca de Cachón.

Recuerdo cuando mi familia salió de Jimaní en 1954 y se estableció en ciudad de San Cristóbal, un pueblo puntal en la industria y el urbanismo de la época. En San Cristóbal tuve la experiencia con un guardia compañero de mi padre que una vez me dijo: “Tu eres de Jimaní, ese es un pueblo muerto, allí no existe la diversión”. En mi condición de niño, no entendí lo que me planteaba aquel militar, pero quedé marcado con el comentario de aquel soldado, y quizás de allí nació un amor fanático por mi pueblo y por su gente.

Ahora pensando en la teoría del soldado les manifiesto, que hasta 1970 Jimaní era de los pocos pueblos en el país que no tenía prostíbulos, sólo había en el pueblo con dos centros de bailes y un pequeño teatro; la prostitución era nula, de ahí que el guardia le llamara “pueblo muerto”, ese era el mensaje subliminal sobre el Jimaní del ayer, muy distinto al hoy, donde impera la apatía de las autoridades, se ha impuesto el desenfreno delincuencial y la perversidada se ha hecho dueña del pedazo.

Hoy Jimaní es la antítesis de lo que fue cuando yo era niño y todo lo contrario a lo que debe ser la tabla de valores en la escala moral, Las informaciones que me llegan desde mi pueblo son desconcertantes porque aseguran que el parque principal lo han convertido en una zona de tolerancia, donde por las noches merodean prostitutas haciendo ofertas indecorosas, en los barrios abundan las pandillas de asaltantes, los ladrones ya no causan sorpresa cuando penetran a los hogares y se llevan todo y las violaciones a mujeres y niñas alcanza niveles alarmantes. Las autoridades y los residentes lo saben, pero nadie le pone el cascabel al gato.

Me informan que Jimaní ha pasado de ser el “pueblo muerto” al que refería el guardia en mi niñez, y hoy es un paraíso del narcotráfico, el contrabando de armas, el negocio ilícito de carbón vegetal, de la devastación del parque nacional Sierra de Bahoruco con su flora y su fauna; el descuido de las autoridades y de la gente es casi total, no sé para qué tiene el pueblo alcalde, gobernadora, jefe de la policía, comandante del ejército, jefe del CESFRONT, encargado de medo ambiente y autoridades de migración. En Jimaní mucha gente dice que inmigrantes indocumentados se burlan de la autoridad y que sus operaciones delictivas azotan la ciudad y los campos a la vista de todos sin que nadie se inmute.

La pregunta es: para qué el estado invierte presupuestos en salarios de los empleados publicos, todo ese dinero que se gasta en sueldos y utilidades lo pagan los contribuyentes, mientras los habitantes de Jimaní viven bajo zozobra, los delincuentes se ríen de muela a muela. De los servicios básicos ni hablar, allí la amenaza de los asaltantes, los violadores y los ladrones es permanente. Los delincuentes le han robado la tranquilidad de ese pueblo, la autoridad que no ejerce el gobierno ha permitido que impere el desorden, lo que constituye una vergüenza y una traición servidores públicos.


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